OTRA OPORTUNIDAD EN LA VIDA
En la
cocina de su casa bajo la luz de una bombilla, Mayra Mendoza prepara la mesa
para cenar. No tiene hambre, pero sabe que tiene que comer algo. De pronto sus
ojos se fijan en los platos que acaba de colocar, entonces rompe a llorar. Ya
han pasado 2 años y 6 meses desde que falleció su esposo Jean Carlos Toala en
ese fatal accidente y sin darse cuenta ha vuelto a poner la mesa para dos.
Todo
ocurrió el viernes 29 de mayo del 2009. Él estudiaba Diseño Gráfico en la
Universidad San Gregorio y había salido de ahí a las 21h00. Pasó por su casa
ubicada en la calle Atahualpa y Córdova. Como iba a comprar la leche de su hijo
de siete meses, le pidió a su esposa, Mayra, que lo acompañara. Al niño lo
dejaron con la mamá de ella. Todo iba bien hasta que llegaron a la esquina de
las calles Pedro Gual y Francisco Pacheco. Entonces la moto en la que se
movilizaban impactó contra una ambulancia del Consejo Provincial de Manabí que
transitaba en contravía por la Francisco Pacheco. Eran las 22h00. Y a esa hora,
en ese momento, la vida de Mayra cambió para siempre. Llevaba tres meses de
embarazo. En el accidente no sólo murió su esposo, sino el hijo que llevaba en
su vientre.
Al día
siguiente, sábado, recuerda el día que despertó en una fría cama de la Clínica
San Antonio, adolorida y ensangrentada. No sabía que sucedía. Estaba bloqueada.
No enterarse muy bien de lo que pasa es una defensa de la mente para no
desmoronarse por dentro. Preguntaba
desesperada por su esposo. Todos a su alrededor se miraban y el silencio se
apoderó de la sala de emergencia. Esto la angustiaba. Entonces entró su madre
llorando y con ella la fatal noticia de que su esposo había fallecido. Luego
los doctores confirmaron la pérdida de su bebé. Ella entró en una crisis nerviosa y quiso salir
corriendo a ver a su esposo. No lo podía creer. Se retiró el suero de un jalón.
-¡Dios,
por qué te los llevas! ¿Qué hice para merecer esto?, gritaba.
La
escena estremeció a todos en la sala, en donde se respiraba tristeza y se palpaba
dolor. La gente no acertó a decirle nada sensato. Alguien utilizó frases hechas
del tipo: “Bueno, mejor así a que se hubiese quedado inválido”, o “Te acompaño
en el sentimiento, lo sentimos”, “¡Pobrecita”. Otros le preguntaban “¿Cómo
estás?”. Y eso, en vez de aliviarla la entristecía todavía más.
-Es tonto, pues como voy a estar... mal…, como puedo
estar si se ha muerto mi marido y mi hijo, ¡mal! ¡Qué cosas me preguntaban! ¡La
muerte me aterrorizó!
No
podía ni moverse del dolor, pero más fuertes eran las ganas de ir a dar el
último adiós a su cónyuge. No pudo, tuvo que esperar hasta el día siguiente, a
gritos desgarradores, pedía que la llevaran a dar el beso final a su amado.
La
amarga madrugada fue eterna para ella, hasta que amaneció y le llevaron a su
hijo Jean de 7 meses. Él se convirtió en su mayor apoyo emocional y las ganas
de vivir volvieron a ella, lloraba desconsolada, besa a su bebé y entre
lágrimas le dice: “Se nos fue tu papito, se nos fue”.
Todo
sucedió tan de prisa, de forma tan imprevista, que la muerte de Jean golpea a
Mayra de lleno y hace que todo su mundo se tambalee. A veces se siente perdida,
desorientada ya que no está la cabeza del hogar, tendrá que enfrentarse a todos
los porqués que la asaltan a cada paso, criticando sus propias decisiones,
replanteándose su existencia a la posibilidad siquiera de una vida ahora que él
no está.
La
historia de un amor
Atrapada
en el duelo, Mayra regresa a tiempos felices; cuando Jean y ella se conocieron,
los primeros trabajos de ambos, el nacimiento de su hijo y muchos momentos
alegres que compartieron juntos.
Ahora solo vive de recuerdos, aún lo extraña, pero la vida sigue ya que
es padre y madre para su hijo y trabaja duro para sacarlo adelante. Cuando Mayra habla de Jean, lo
más tierno de su sonrisa ilumina su rostro. No hay hombre más elegante,
atractivo, bueno y hermoso que su esposo, su historia comienza con una caricia,
un dulce beso en la boca y así lo empezó a querer , no puede olvidar aquel día que lo conoció en
un fiesta de su prima, él la saco a bailar y cruzaron palabras, intercambiaron
sus números telefónicos y el comenzó a llamarla y enviarle mensajes de textos
hasta que un día la invitó a la playa, justo un 4 de febrero donde almorzando Jean
le declaró su amor, que ella le gustaba y la estaba queriendo como algo más que
amigos , para ella fue lo más hermoso, ya que también sentía atracción, “cada
vez que estaba junto a él sentía maripositas en mi pancita, era un buen hombre,
siempre lo fue, como olvidar su primer beso, aquel día despertó en mi un sentimiento
que había olvidado y su presencia se volvió importante en mi vida”.
Fue lo mejor que le pasó, fue
su luz, su enseñanza, su paz, pero sobretodo fue el amor de su vida. Desde que lo conoció se metió muy dentro de su
alma, y cambio su vida, no podrá olvidar su tierna mirada, esos ojos color miel
que la enamoraron de hecho, lo sigue amando como la primera vez, no hace más
que pensar en él. Cada mañana que despierta
ya no está ese Jean, que con un beso y un abrazo le daba a saber cuanto la
amaba.
Recuerda los días que caminaban juntos y siente nostalgia
porque no volverá a ser así, daría lo que fuera por volverlo a tener a su lado,
el tiempo ha pasado tan rápido, hasta ahora ha recorrido un largo camino sin
él, aunque realmente esta aventura sola con su hijo, recién ha comenzado.












